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El decadente «sentido común» de los argentinos-Jorge Fernández Díaz

2018-08 Cat:Otros autores

lanacion.com domingo 26-8-2018

Un politólogo curtido en el arte de analizar los números fríos se quedó los otros días directamente helado en las oficinas del Banco Mundial. Allí exponían un escrupuloso trabajo sobre la performance de las naciones a lo largo de los últimos setenta años.
En una lista de doscientos países, el Congo encabezaba el ranking de los que más tiempo habían sufrido recesión; la Argentina ocupaba el segundo lugar, seguido por Irak, Siria y Zambia. En los otros cuadros del desempeño económico mundial, los argentinos aparecíamos una y otra vez dentro de los renglones más calamitosos.

El politólogo, que es muy exitoso pero que tiene tres hijos pequeños, pensó en la intimidad si debía correr el riesgo de seguir viviendo en esta tierra de recurrente decadencia, o si tenía la responsabilidad de emigrar por el bien de ellos. “Lo más difícil es explicarle al mundo cómo generamos esta pobreza en un país de superabundancia”, cuenta un colega suyo, que viaja seguido a Europa para intercambiar información con especialistas.
La primera tentación sería echarles la culpa a las elites políticas y empresariales, puesto que aquí el militarismo terminó en catástrofe, la socialdemocracia en incendio, el neoliberalismo en ruina y el populismo de izquierda en saqueo.

Pero esas elites no germinaron en una maceta solitaria; han sido muy representativas de un modelo mental extendido y refractario al desarrollo.
Asevera el historiador Luis Alberto Romero que se fue formando en nuestra sociedad un nuevo pensamiento único, bastante heterodoxo, plagado de clichés, errores y malentendidos, y al que se lo “moderniza” de tanto en tanto con algún service de época.

Esta mentalidad, que con el poderoso Estado kirchnerista logró incluso institucionalizarse, genera un nuevo sentido común transversal: no solo es sostenido por adherentes explícitos o culturales al peronismo, sino por izquierdistas, progres de distinto pelaje, algunos votantes de Cambiemos y, sobre todo, por millones de ciudadanos de a pie.

El concepto “sentido común”, que tan positivo resulta en términos convencionales, se encuentra aquí cruzado por la vieja acepción de Gramsci: lo que la gente piensa cuando no está pensando y lo que la gente dice cuando no piensa lo que quiere decir. Estamos aludiendo al piloto automático del nuevo pensamiento nacional.
Que fue amasado por una confluencia de ideologías y por una serie de escritores con gran talento para borrar realidades y construir mitos, y que terminó penetrando el sistema educativo público y privado.

Las facultades y las escuelas son, desde hace rato, fábricas incesantes de “relatos” y de prejuicios. Sin involucrar a Romero ni a otros historiadores profesionales en toda esta descripción, estoy convencido de que la generación del 80 fue al siglo XIX lo que la generación de los 70 significó para el XX.
La primera experiencia triunfante construyó una narrativa de vasta influencia, y en un momento se transformó en la historia oficial. En los años 30, revisionistas rigurosos comenzaron a alzarse contra esa verdad inconmovible, una táctica que Perón no contradijo ni asumió, puesto que sus referentes seguían siendo Sarmiento, Mitre y Roca, y principalmente San Martín, a quien quería emular como Mussolini a Julio César.

Son los nacionalistas de derecha y de izquierda quienes recién en el exilio lo volcarían al revisionismo y lo inscribirían en una historia de buenos y malos, donde él podía presentarse como “socialista nacional” y como heredero de Rosas y los caudillos federales; también como insólito simpatizante de la revolución cubana.
Los intelectuales setentistas hicieron el trabajo fino, y Perón se dejó acunar: uno se lo imagina matándose de risa en Puerta de Hierro.
Algunos de estos magníficos pensadores dieron por buenas las mentiras y montajes que Apold había realizado acerca de los dos primeros gobiernos, y más tarde sus discípulos y parientes ideológicos operaron para ocultar los homicidios que cometió la tercera administración justicialista.

De paso embellecieron las propias aberraciones armadas del setentismo, y a partir de 1983 fueron gendarmes ideológicos de las distintas horneadas de jóvenes: hoy muchos docentes les enseñan a sus alumnos que la “juventud maravillosa” luchaba por la democracia, una falacia risible.
Aunque el nacionalismo católico -ese sector de la Iglesia al que le da sarpullido el progreso occidental- participa de esta matriz, es la desidia del Estado moderno, que abandona al maestro y se lo entrega ideológicamente al gremialismo; la acción psicológica de los organismos de derechos humanos con camiseta partidaria, y la larga gestión kirchnerista, que lanza una fuerte operación mediática y pedagógica de amplio espectro, los que acaban por entronizar esta nueva historia oficial.

Algunos maestros y profesores siguen intentando enseñar las complejidades de la historia, pero muchísimos más se abandonan a las simplificaciones predigeridas, y cristalizan así la ocurrencia de que Sarmiento era una asesino y Roca un genocida, algo tan reduccionista e injusto como señalar que Rosas solo fue un dictador afecto a los crímenes de lesa humanidad (la mazorca).
Todas estas sandeces son agravadas por aplicar al pasado las categorías del presente y demuestran no solo mala leche, sino mediocridad: una gran cantidad de docentes conoce tan poco de historia como de gramática y ortografía y, entonces, cuanto menos saben, más grande es el juicio moral que necesitan; la denuncia suplanta el conocimiento.

El adoctrinamiento articulado -y también el informal- fraguó un conjunto de ideas no organizadamente racional, pero sí cohesionador de opuestos: una causa de pronto encuentra en la calle, codo a codo, al Partido Obrero con los catequistas de Bergoglio, a los burócratas sindicales con estudiantes reformistas, a chavistas confesos (admiradores de Irán) con militantes de género, y todo ese espectáculo es observado con silencioso beneplácito por millones de personas no alineadas.

A pesar de las contradicciones y discrepancias internas de este cambalache, sus integrantes comparten en los hechos una cosmovisión llena de aforismos implícitos: la batalla es entre europeístas y patriotas, entre el pueblo y la oligarquía, entre explotadores y explotados; integrarse al mundo y convocar sus inversiones es ser entreguista, el hemisferio norte es vampírico, ajustar para hacerse sustentable es neoliberal, competir es salvaje darwinismo, crecer por méritos propios es de derecha, una empresa no es una obra sino una estructura de esclavitud, la agroindustria es colonial, la ley es un truco de los poderosos, toda tarea merece un fomento y todo cristo un subsidio, lo estatal es mejor que lo privado, lo nacional es superior a lo cosmopolita, el espíritu emprendedor es sospechoso, el esfuerzo es reaccionario, la propiedad es un robo, la gratuidad es un derecho humano, aspirar al orden es fascista y aplicar la autoridad es represivo.

Miles de argentinos que viajan a Estados Unidos y a Europa regresan admirados por los efectos de su prosperidad, pero no bien ponen un pie en Ezeiza se abandonan a las supersticiones automáticas del nuevo inconsciente colectivo, que consiste en hacer exactamente lo contrario de lo que hicieron las repúblicas que salieron adelante.
Este repertorio de creencias regresistas, este verdadero lavado de cerebro que nos procuramos, explica por qué teniéndolo todo nos quedamos con casi nada, y por qué compartimos el cartel de la lágrima con el Congo y con Irak.

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Rosas, Perón, Kirchner, Chávez, J. Bergoglio, decadencia, populismo

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Algo mucho más grande de lo que pensamos-Jorge Fernández Díaz

2018-08 Cat:Otros autores

Algo mucho más grande de lo que pensamos

Jorge Fernández Díaz
Domingo 12 de agosto de 2018

En esta hora de arrepentimientos escabrosos, sobre el filo de la navaja de la sanación y el incendio total, los argentinos no pueden permitirse el lujo de engañarse a sí mismos: sería un grueso error de apreciación y candidez presumir que la voraz recaudación ilegal del kirchnerismo conectaba únicamente con la codicia de sus caciques y con el financiamiento de sus campañas. El enriquecimiento personal y los fondos para el proselitismo resultaban apenas una porción de la gran torta. Que tuvo, como ahora se constata, dimensiones oceánicas y que todavía resulta inmensurable.
El primer fenómeno reviste rasgos individuales y fue en los hechos el “efecto derrame” del sistema corrupto, la “indemnización” por el peligro que corrían y por la fidelidad y silencio que manifestaban sus jerarcas y ejecutores en los distintos niveles: exfuncionarios del “socialismo nacional” cobraron esos servicios en mansiones, hoteles, empresas, aviones, barcos, estancias y abultadas cuentas en el exterior.
El segundo fenómeno constituía, en paralelo, la masa crítica necesaria para mover el colosal aparato cada vez que tocaba validar el “proyecto” en las urnas. Pero hasta allí el asunto no difería conceptualmente demasiado de anteriores experiencias históricas; hace rato que políticos afanaban para la Corona (y engrosaban de paso sus laxas billeteras) y que muchos empresarios locales y multinacionales se habían acomodado a la realidad constante del aporte trucho y de la coima.

Es el carácter aluvional de la corrupción durante la “década ganada” lo que precisamente modificó todo el escenario: Néstor Kirchner pretendía, bajo diversas formas (como el “capitalismo de amigos” y los infinitos bolsos bajo la mesa), instalarse como el “poder permanente” y lograr una riqueza tan portentosa que le permitiera colonizar el pensamiento y hegemonizar para siempre la política y el manejo del Estado. Ese programa totalitario encanta a algunos intelectuales y militantes, pero representa algo muchísimo más grave que la emblemática y folclórica avaricia de su líder abrazando una caja fuerte, la adicción por la cultura Louis Vouitton de su señora viuda o la explosiva prosperidad de esa familia tan normal y de todos sus adláteres.
El kirchnerismo quiso (y quiere) romper la democracia plural e instalar un régimen de circuito cerrado, un feudo a gran escala. Sus adherentes más fanáticos presienten, por lo tanto, que robar para la causa es patriótico, algo parecido a lo que las “formaciones especiales” hacían en los años 70 con el “impuesto revolucionario”. Lástima que esta vez la plata “expropiada” no salía del capital privado, sino del ciudadano raso, puesto que los sobreprecios y los retornos se hacían a costa del erario y del consecuente empobrecimiento general y la triste decadencia de la población de a pie. Es así como el kirchnerismo robaba al pueblo para “salvar” al pueblo, cruel y escandalosa paradoja de esta “izquierda” reaccionaria.

Muchos hombres de negocios acompañaron esta intentona, siempre autoeximidos de su compromiso social y republicano, y encubriendo su miserable cobardía estructural bajo la coartada de que “muchas familias” dependían de ellos. Qué conmovedor. Por la mañana entregaban bolsos llenos de fajos en los estacionamientos subterráneos y por la tarde peroraban en cafés de periodistas sobre la seguridad jurídica. Apostaron acertadamente por el Frente para la Victoria, no solo porque ya conocían las reglas, sino porque se garantizaban así el ocultamiento de sus pecados y la prescripción de sus delitos. Macri ahora es un traidor al establishment, a su clase y a su propia genealogía: se creyó de verdad esa gilada de la independencia de poderes, levantó el cepo judicial y deja que las llamas los calcinen. Le envían mensajes, algunos directamente mafiosos; buscan que intervenga para limitar los daños y encapsular las causas. Y ponen el énfasis en algo terriblemente cierto: la demanda de decencia choca hoy con la demanda de reactivación.

En el mediano y largo plazo, este proceso de purificación le otorga a la Argentina una credibilidad inédita frente al mundo.
Pero en el corto, se derrumban las acciones de compañías que cotizan en la bolsa de Nueva York, caen en picada los bonos, se frenan contratos, se ingresa en períodos de incertidumbre y los muchachos de Wall Street conjeturan, con brocha gorda, que esta secuencia resultará calcada del Lava Jato, por lo que elevan el riesgo país y pronostican una recesión que en Brasil duró hasta veinticuatro meses. Ya ven: el capitalismo financiero, en los hechos, también corre en auxilio de los corruptos. Y varios analistas locales les confirman en privado esos malentendidos y sospechas; les anticipan que varios bancos estarán en breve también bajo la lupa (es verdad que con tanto movimiento de billetes resulta asombroso lo bajo que sonaban sus alarmas), les recuerdan que a todo esto se suman los acuerdos entre fiscalías por el caso Odebrecht y les cuentan incluso que aún no se ha probado en este ecosistema enfermo que la gobernabilidad sea factible sin corrupción.

Es cierto que desde lejos los espectaculares acontecimientos pueden llamar a estupor y a engaño. Un exvicepresidente de la Nación es condenado por primera vez en la historia y va preso. Un juez federal retirado confiesa presiones para cerrar causas de enriquecimiento y sobornos, que hoy amenazan con ser reabiertas. Un exjefe de Gabinete admite haber recibido fondos ilegales. Una serie de empresarios y gerentes se autoincrimina para salvarse, y deja al desnudo un vasto y turbio mecanismo de cartelización. Un primo de Macri admite haber aportado sumas de dinero negro al gobierno de Cristina. El chofer de los cuadernos le consiguió a su pareja una casa en el complejo de Madres de Plaza Mayo. Y en Ecuador, retiran la estatua de Néstor de la sede de Unasur por ser “una apología del delito y de la corrupción rampante”. Venalidad, mafia, grotesco y surrealismo.

Aunque este no sea exactamente el Lava Jato, se ha desatado en la Argentina una dinámica que puede cambiarlo todo. Un vendaval revulsivo y transformador que en el fondo nadie maneja y que destruye supuestos y relativiza profecías. Y que trae tanto satisfacción como miedo, puesto que junto con el fin de la impunidad navega el riesgo de la generalización, en un contexto económico decididamente malo; factores que pueden llevar a pensar a una buena parte del electorado que aquí quienes no son chorros, son ineptos. El gran desafío de Cambiemos consiste en enderezar el barco a tiempo, puesto que los inversores no vienen si gana Cristina, no vienen si pierde, no vienen si hay corrupción y no vienen si se la castiga. No vienen.

Y a esto se suman convulsiones externas, errores propios y vulnerabilidades domésticas, y un hecho trascendental que también ocurrió esta semana: miles y miles de jóvenes de una y otra vereda que despertaron a la política con la polémica del aborto, han tenido una experiencia religiosa y traumática con la sesión del Senado. Verdes y celestes, cada uno con sus estilo y convicción, se han asomado allí por primera vez a la mediocridad, la vetustez, al oportunismo y en muchos casos a la ignorancia profunda de una dirigencia que los espanta. Todo Mani Pulite es una oportunidad regeneradora, siempre y cuando no derive en un sentimiento antipolítico y antisistema, y en el requerimiento de un nuevo “hombre providencial” que venga a salvarnos.
Dios nos salve, una vez más, de esos salvadores.

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Al establishment no lo espera un Menem, sino un Maduro-Jorge Fernández Díaz

2018-07 Cat:Otros autores

Al establishment no lo espera un Menem, sino un Maduro

Jorge Fernández Díaz
Domingo 29 de julio de 2018

Un consultor bilingüe que cobra por divulgar como ciertas leyendas urbanas de la política, por revelar conjuras que jamás suceden y por susurrar profecías que rara vez se cumplen, les viene asegurando en reuniones privadas a empresarios y gerentes que finalmente se verifica la cruda pero fatal sospecha: solo el peronismo puede gobernar la Argentina. Quedan así de alguna manera exculpados Macri y sus aliados, puesto que sus actuales impotencias solo formarían parte de una larga saga en la que frondizistas y radicales han tropezado siempre con la ingobernabilidad y con la frustración prematura. Este viejo adagio resucitado, que tantas alegrías le trajo al caciquismo de Perón, encaja con los cíclicos tiempos de pesimismo e impaciencia, y tiene por propósito calmar con copas de cianuro la sed de los sedientos.
En otras épocas, esa misma ansiedad, esa precipitación de muchos hombres de negocios se evacuaba en los mullidos sillones de los generales. Personas cosmopolitas, respetuosas del Estado de Derecho (en Europa) y habitués confesos del capitalismo, cavilaban por entonces que los argentinos no estábamos lo suficientemente maduros para la democracia y que aquí solo podía conducirnos un líder providencial con los testículos bien puestos y capaz de saltearse las reglas siempre lentas, débiles y consensuales de la república. El partido militar venía a solucionar entonces un país que “por las buenas” no tenía solución.

Caída en desgracia esta vía nefasta, el peronismo fue ocupando progresivamente el lugar de los antiguos “salvadores de la patria”: esa factoría de hombres fuertes y poco afectos a la prudencia. Exasperados por los respectivos calvarios de Alfonsín y la Alianza, los sedientos imploraban en el oído de los peronistas lo que muchas veces habían rogado en el casino de oficiales. Que venga con urgencia un macho alfa y apague el incendio, que por otra parte el propio “movimiento nacional” se había ocupado de prender y avivar con pesadas herencias, o con zancadillas antológicas y hostigamientos gremiales. Además -sostenían en voz baja los sedientos-, solo los venales saben lidiar con la mafia, curiosa teoría según la cual habría que llamar a Mussolini para terminar con el fascismo. Es así como el partido de Perón, destructor de las normas y apoyado por quienes decían adorarlas, fue investido consciente o inconscientemente como la bala de plata del sistema. Los resultados económicos y sociales muestran fríamente que ese soliloquio sin alternancias nos devastó. Pero algo de aquella fuerza invisible y gravitacional pervive en esta sociedad transgresora que en las malas propende a añorar el paternalismo de los transgresores. Para acabar repudiando, años después, sus peligrosos deslices y chapucerías.

Flota un cierto desencanto con Cambiemos, y un grupo exuda una especie de “nostalgia por Menem”. Un segundo grupo de accionistas y gerentes, sin embargo, entiende las dificultades y mantiene la fe. Un tercero, critica con justicia la soberbia y el encapsulamiento de la mesa chica de Balcarce 50, aunque no ha dejado de remar con resignado sentido del deber. La novedad es que si la colonización peronista resulta un veneno, las renovadas chances de Cristina operan hoy como un antídoto eficaz.
A tal punto que por primera vez el establishment recibe del mundo financiero global y de los gobiernos desarrollados señales de alarma: allí están más preocupados por el regreso del populismo autoritario que por la reducción del déficit fiscal. La ortodoxia se la pasó reclamando este ajuste homérico, que Macri iba programando gradualmente para dañar lo menos posible y para poder ganar comicios cruciales, y resulta que ahora los ortodoxos están alarmados ante la posibilidad de que la receta prescripta por ellos mismos haga naufragar a Cambiemos en las urnas y eso signifique el retorno de los radicalizados. ¿No es maravilloso? ¿No es tétrico, no es imbécil?
Le llegaron a sugerir al Presidente que ejecute una reforma extrema, al costo de liquidar el futuro de su proyecto. La historia se lo reconocería. Le pedían que quemara las naves, sin importarles que se quemaran de paso el país y la coalición gobernante. Ese suicidio político -le insistían- era propio de supuestos “estadistas”, pero en la realidad resultaba fabulosamente funcional al peronismo, que rezaba de rodillas para que Macri aceptara el consejo de sus “amigos”. Si Cambiemos hubiera adoptado de entrada esa tesitura, es posible que ni siquiera hubiera llegado vivo a los compromisos de medio término, y que si por ventura los alcanzaba, fuera destrozado de manera irreductible; no es difícil imaginar lo que habría significado esa pérdida en combinación con la sequía, la caída de la soja, la suba del petróleo, el alza de tasas internacionales y la consecuente corrida del dólar. De Cambiemos solo quedaría, a esta altura, la foto de un helicóptero triste, solitario y final huyendo en la lontananza.

El miedo no es zonzo ni ciego, ni tiene motivaciones estrictamente ideológicas. Ya se sabe: así como billetera mata galán, miedo mata desencanto. La Pasionaria del Calafate sigue siendo la única figura competitiva del peronismo, y su modelo ya no es analizado meramente en retrospectiva puesto que incuba una vuelta de tuerca aún más drástica, en sintonía con la actitud de los otros ultranacionalismos de la región. Luis D’Elía es un personaje marginal, pero tiene la virtud de poner en palabras lo que late en ese colectivo, y resulta sintomático que sus anhelos violentos no hayan levantado enérgico repudio entre los dirigentes más presentables de sus propias filas. Quien calla, otorga. Pero, por otra parte, ¿cómo desacreditar al expiquetero y a la vez mantener la boca cerrada ante los asesinatos de Estado que se perpetran diariamente en Nicaragua y Venezuela?
El kirchnerismo se siente primo hermano de esos autoritarismos, los observa con cierta admiración, es de hecho un cómplice perfecto, colabora con sus gobiernos, y resulta en consecuencia una gran ironía que ponga aquí el grito en el cielo con una tibia reforma militar respaldada por demócratas indiscutibles, y que apoye mientras tanto a regímenes militarizados que cometen crímenes de lesa humanidad reprimiendo al pueblo y a la oposición. La Internacional de los Fusiladores es la más grave amenaza que sufren hoy las pacíficas e imperfectas democracias latinoamericanas.

Al establishment no lo espera un Menem, sino un Maduro, y eso amansa un poco a las fieras. Si los financistas, en este particular contexto, llegaran a concluir que estamos viviendo un mero recreo entre dos populismos salvajes los flotadores se pincharían y la nación se hundiría en medio de una hecatombe. Algunos intelectuales pierden conciencia de lo que realmente sucede, y tienden a relativizar todos estos peligros. A pesar de las injurias, los hostigamientos y la persecución, muchos de ellos sienten en el fondo de su alma que contra el kirchnerismo estábamos mejor. Y en la adversidad quieren limpiarse la lepra del posible fracaso, y buscan una garita confortable desde donde seguir practicando su rebeldía testimonial. Muchos periodistas mantienen un sano espíritu crítico y un saludable instinto de investigación. Pero otros colegas, que recibían bajo la mesa dinero del justicialismo y a quienes no solo se les cortó el chorro, sino que además se les redujo la pauta publicitaria, se preguntan dos o tres veces al día por qué pensar en el país, si el país no piensa en ellos.
Somos tan argentinos.

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Desenmascarar a quienes trabajan para una crisis mayor-Jorge Fernández Díaz

Radio Mitre de Buenos Aires
Programa: “Pensándolo bien”
Lunes 03/07/2018
Editorial

“Desenmascarar a quienes trabajan para una crisis mayor”

Dicen que de lejos se ve más claro. Pero no estoy tan seguro.
Vi de lejos la crisis argentina de los últimos dos meses. Desde Europa, donde los acontecimientos y las declaraciones parecían surrealistas, y eran de hecho tremendamente dolorosas. Quiero intentar explicar hoy, a la vuelta de este largo viaje por un país normal como es Francia, lo que sucede aquí en la Argentina, la nación de la anormalidad. Donde por fin ha estallado la temible bomba.

Empecemos por lo que sucedía antes de esta explosión. Un gobierno no peronista, sin mayorías parlamentarias, acosado por un partido destituyente y hegemónico, sembrado de sindicatos mafiosos, narcos y organizaciones sociales agresivas, con un 30 por ciento de pobreza, medio país en negro, sin soberanía energética y con un déficit fiscal heredado pavoroso, estaba condenado de antemano al helicóptero.

Tenía tres alternativas: seguir adelante y terminar como Venezuela, hacer una sangrienta política monetarista de shock y volar por los aires, o ejecutar un programa gradual y rogar que las condiciones climáticas de mercado le permitieran llegar a la otra orilla.
Ese gobierno eligió el gradualismo, que por supuesto no dejaba conforme a casi nadie. El gradualismo, ¿se acuerdan? El kirchnerismo acusaba, en pleno gradualismo, al Gobierno de ser un ajustador apocalíptico e insensible.

Los economistas ortodoxos y sus voceros lo acusaban de “kirchnerismo de buenos modales”, de ser blando y no meter el bisturí a fondo.
Y nosotros, en el medio, lo criticábamos porque el gradualismo era gris y lento, y estábamos ansiosos por el despegue. ¡Qué bien que estábamos cuando creíamos que estábamos mal, ¿no?
Porque extrañaremos el gradualismo, amigos. Extrañaremos mucho al gradualismo y su progresivo despertar de la economía.

A izquierda y derecha nadie valoraba que Macri resistiera el ajuste salvaje, y que caminara por el centro rogando que lo dejaran llegar a la playa.
Y sucede que no lo dejaron: llegó la sequía, cambiaron las condiciones económicas internacionales y el barco fue golpeado de frente y perfil por la tormenta perfecta.
¿Los capitanes equivocaron también sus tácticas de navegación? Puede ser. Puede ser. Quedará para los expertos dilucidar ese punto.

Ahora salen todos los expertos con sus libritos, diciendo cada uno -con el diario del lunes- lo que ellos hubieran hecho.
Lo cierto es que, como les dije tantas veces desde estos micrófonos, los argentinos flotábamos irresponsablemente en una nube de gases, exigiendo prosperidad automática, viviendo por encima de nuestras posibilidades y creyendo que no éramos vulnerables, como somos.

Es muy impresionante ver cómo actuaron los kirchneristas y los neoliberales ortodoxos en esta vuelta de campana.
Esos dos sectores antagónicos pedían implícitamente un gobierno de derecha.

Los primeros para que pague la fiesta que ellos dejaron, para estigmatizarlo y derrotarlo con clichés, y para que se subiera al helicóptero, como viene sucediendo desde 1926.

Los segundos para que ejecutara una carnicería de gran dolor, después de la cual supuestamente saldríamos adelante. Los pocos que quedaran vivos, por supuesto.
Porque los que intentaron antes esa metodología brutal lo hicieron con tanques y aviones militares, y cuando lo practicaron en democracia, terminaron produciendo una masacre y organizando su propio funeral político. Cayeron por su propio peso.

La señora dejó la bomba, la Brigada de Explosivos no pudo o no supo desactivarla a tiempo, y entonces estamos donde siempre está la Argentina. En la cuerda floja.
El peronismo que dejó el incendio se regocija por el sufrimiento del bombero y se propone para apagar él mismo las llamas que encendió. No le importa la Patria, le importa el poder. El queso. Como siempre.

Y tiene un aliado invariable: el mercado, que le impone sus condiciones al Gobierno, lo lima, lo desgasta, y lo debilita para que luego el peronismo venga y se lo coma crudo de un bocado.
Peronismo y mercado, que tan opuestos aparecen por momentos, han trabajado juntos, han sido funcionales durante estas décadas de decadencia: ambos son culpables de la pobreza y la postración argentina.

¿Se acuerdan de ese juego de pinzas que le hicieron a Raúl Alfonsín? Recuerden aquellos días. Recuerden bien. Peronismo y mercado, compañeros. Hay empresarios y banqueros con una falta de patriotismo que hiela la sangre.
Ninguna nación importante de Occidente les hubiera tolerado sus defecciones. Vargas Llosa, factótum del liberalismo, tampoco los hubiera consentido, y si estuviera aquí en el día a día, fustigaría a sus voceros periodísticos y a sus economistas, que han dicho barbaridades en estas semanas.

Han sembrado la desconfianza, han trabajado para sus intereses sectoriales, para sus cheques. Al respecto, es interesante ver la gran paradoja: un gobierno republicano está obligado a las buenas formas, y entonces es incapaz de señalar lo que sabemos todos, que algunos periodistas reciben sobres de industriales, y otros de bancos y empresas energéticas, y que algún consultor independiente, lo es también en secreto de los fondos buitres.
A todos ellos el gradualismo les parecía una mediocridad. Ojalá pudiéramos volver a esa mediocridad hoy, que estamos con el barco escorado y nos entra agua salada por varios agujeros del casco a los argentinos.

La desconfianza de los mercados es indignante. Los máximos estadistas del mundo han entendido que la Argentina intenta salir de la nefasta era populista, y que precisa una oportunidad y un acompañamiento.

Pero resulta que los mercados saben más de política que Merkel, que Macrón, que los grandes gobernantes de la Tierra. Y entonces se permiten condicionar las políticas argentinas.
Están haciendo corridas a repetición y mandando a sus esbirros mediáticos a desestabilizar al Gobierno para que éste gire por fin a la ortodoxia.

El Gobierno es tan timorato que lo deja pasar, no sale a denunciarlos con nombre y apellido. Y el progresismo, ciego a todas estas evidencias, en lugar de tomar partido se dedica a decir estupideces.
Algunos de ellos, incluso dentro del propio Cambiemos, pareciera que anhelaran secreta e inconscientemente una crisis mayor, un crack, y que vuelva el peronismo eterno.
Es algo sutil y psicológico: Cambiemos les resulta incómodo a todos, a los radicales, a los socialistas, a los kirchneristas, a los ortodoxos, a los peronistas de derecha. A todos.

Y entonces, late dentro de muchos de ellos la tentación de que todo se defina de una buena vez y que vuelva lo de siempre.
Así los progresistas pitucos e independientes, por ejemplo, ya no tienen conflictos ideológicos, producto todos de su pereza mental. Esperan indolentes que venga el crack, la crisis mayor que ordena salvajemente las variables.

Que ésta arrastre a Cambiemos al abismo, que regrese el peronismo a salvarnos, y que cómodamente nos sentemos en la vereda de enfrente a tirar piedras y a criticar, una vez más, con enjundia la falta de institucionalidad y la corrupción.
El progresismo es también timorato, y por lo tanto funcional al monólogo peronista. A que vuelva la hegemonía que nos convirtió en el país de la pobreza, la desigualdad, la mafia y el narcotráfico.

Repito: el progresismo con su ceguera le hace el trabajo gratis al peronismo. El mercado y la Iglesia también. La Iglesia no me extraña.
Bergoglio se ha vuelto una voz inexistente y poco seria en el mundo, pero aquí tiene cada vez más injerencia. Está organizando el peronismo.
Le envió una adhesión hace unos días a los peronistas unificados en el Instituto Antonio Cafiero y mandó a sus obispos y piqueteros a mantener una política hostil contra el gobierno de su propio país, en lugar de presentarse como un defensor leal y patriótico ante los mercados internacionales en medio de esta crisis dramática.
Francisco, qué bueno sería que usted nos diera una mano en la mala. A nosotros, a sus compatriotas. Y no que se dedique al internismo y al boicot. Son horas decisivas para su país, Francisco. Tenga piedad. Rezamos por usted. Rece ahora por nosotros.

A todo este cambalache se agregan algunos sectores del campo. Leí al historiador Jorge Ossona estos días demostrar cómo muchos de ellos, beneficiados por este Gobierno, se negaron a dar una mano con el dólar cuando más se la necesitaba. El mercado fuerza al Gobierno a la ortodoxia.
La ortodoxia lo fuerza a perder las elecciones. Perder elecciones implica entregarse al monopolio peronista. Y este juego haría que los inversores se retiraran o no apostaran por un país que va derechito al populismo.

Tenía razón Juan José Sebreli, quien una vez me dijo: no me preocupa el gobierno, me preocupa la sociedad. Esta sociedad caníbal, egoísta, parasitaria, autoritaria y profundamente populista.
Digamos, para matizar su pesimismo, que todas las encuestas señalan lo siguiente: el treinta y cinco por ciento de la población quiere un país normal, apegado a las reglas, a un capitalismo serio y con una mirada antipopulista.

Ese 35% se mide en millones de argentinos que se resisten a bajar los brazos. La mayoría de los argentinos sabe que esta crisis es producida originalmente por Cristina, pero la mayoría también cree que Macri no puede resolverla.
No deja de tener sentido todo esto. Ella puso la bomba y la Brigada de Explosivos falló. Se me ocurren cien críticas al gabinete nacional, y cuestiono desde ya que el Presidente de la Nación haya hecho oídos sordos a cosas que le proponíamos desde acá: una mesa política más amplia con Monzó y con Sanz, un ministro único como ahora podría ser Dujovne y la búsqueda de un acuerdo parlamentario y perenne.

Macri hace todo esto bajo fuego, sin convicción, cuando debió hacerlo desde el inicio y con la visión de un estadista. Los errores políticos se pagan caro, Presidente.
Puedo criticar también su falta de temperamento para dar las batallas dialécticas, y el optimismo pueril que una y otra vez sus muchachos intentaban inculcarnos.
Incluso cierto desdén que ustedes manifestaban por quienes estábamos preocupados y les señalábamos posibles errores.
Se lo puede y debe criticar al Gobierno, pero a la vez debemos tener muy en cuenta que los argentinos tenemos que evitar como sea una crisis mayor.

Y que, por lo tanto, estamos obligados a desenmascarar a quienes están propiciándola. Ellos se encuentran en el peronismo y en el mercado, y sutilmente en la falta de patriotismo y en la falta de lucidez de muchos que sin quererlo trabajan para que la Argentina siga siendo lo de siempre: el país del partido único que cada vez se hunde más y más en la tabla de posiciones.

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La corrupción sindical corrompe el discurso de la justicia social-Marcos Novaro

2018-01 Cat:Otros autores

No alcanza con detener a los corruptos, es necesario someter a crítica su justificación social y moral

Por Marcos Novaro
Jueves 18 de enero de 2018

Una cosa son los simples corruptos y otra los corruptores, quienes se dedican a extender la enfermedad con esmero y desparpajo. No solo extendiendo sus prácticas sino dando letra al “discurso de la corrupción”. Es que la corrupción no solo se oculta, también habla de sí misma, se justifica y busca legitimarse, presentándose como una conducta perfectamente moral.

Según la versión nac&pop, el rol activo del problema sería exclusividad de los empresarios, porque el origen del mal está en el capitalismo: si no fuera por el afán desmedido de lucro con que el capital y sus agentes, los hombres de negocios, contaminan el espíritu de las personas públicas, el sistema funcionaría lo más bien y gobernantes, jueces, policías y sindicalistas cumplirían con sus respectivos roles sin dejarse someter por el dios dinero. Pero esta es una visión por lo menos parcial y simplista de la cuestión. Los Cristóbal López no escasean, pero es ridículo pensar que son los parteros de los Néstor Kirchner, los Oyarbide o los Balcedo de este mundo.

Los corruptores, además, no solo trafican con plata. Es cierto que son emprendedores, algunos de indudable talento, y su meta es enriquecerse rápido y como sea. Pero el material con que operan es muy variado e incluye los recursos de poder y las necesidades y deseos del ambiente en que se mueven: reconocimiento y masas de gente dependiente de él, fallos judiciales y tráfico de influencias. Cada cual corrompe lo que tiene más a mano: los políticos, la confianza de sus electores; los jueces, la imparcialidad de la ley.

El caso de los sindicalistas es especial a este respecto por varios motivos. Su corrupción supone una doble traición de clase: venden a sus representados para abandonar su misma condición. Además suele incluir una buena cantidad de crímenes conexos y violentos, extorsión, patotas, y necesitar por tanto de la activa colaboración de otras familias de corruptos, jueces y políticos, especialmente. Por último y tal vez lo más importante, cierra el círculo del discurso de la corrupción ofreciendo una justificación social y moral de por qué el mal proviene del capital y de la reproducción de las desigualdades asociadas, poniendo a todos los que no lo tienen en condición de víctimas y asociando los actos corruptos con un gesto de rebeldía y reparación, particular y violenta, pero reparación al fin.

No es de asombrar que estas prácticas se hayan extendido a medida que se fueron secando las otrora potentes fuentes de movilidad ascendente en nuestra sociedad. Ni que actúen entonces como subterfugios para reproducir y legitimar el cuadro resultante: esta corrupción no tiene nada de “conducta desviada”, todo lo contrario, ofrece la vía “normal” para hacer las cosas en una situación en que la justicia social está en boca de todos pero carece de significado y se impone un orden económico a la vez rígido, excluyente y de muy baja legitimidad.

Pescan sindicalistas con las manos en la lata todos los días y se justifican siempre de la misma manera: se los persigue porque promueven la justicia social, el gran capital que nos somete mueve los hilos de esta “persecución selectiva”, motivada en el simple hecho de que los ya enriquecidos quieren para sí el monopolio del saqueo, odian que otros los imiten y se embolsen una mínima parte de lo que han venido acumulando (“en este país nadie hace la plata trabajando”; “toda gran fortuna está construida sobre el robo”, y demás frases del saber popular están a la orden del día). Finalmente, para la gente común que asiste al espectáculo de detenciones y acusaciones cruzadas, ¿qué diferencia hace que algunos más se sumen a la fiesta? En todo caso habrá que considerarlos prisioneros de un vicio extendido, víctimas ellos también del perverso capitalismo argentino, el gran, único responsable.

Y, más importante que lo que dicen, hay que prestar atención a lo que han hecho de sus vidas. Todas ellas son espectaculares experiencias de ascenso social: hombres de muy baja condición devenidos grandes empresarios en un periquete, verdaderos self made men de esos que en otras actividades ya no se ven. Humberto Monteros tenía un plan social en 2002, en 2011 se registró como empresario y hoy es multimillonario. El “Caballo” Suárez más o menos lo mismo. Aunque nadie mejor que Marcelo Balcedo, un hombre sin duda de gran talento, que construyó un verdadero imperio sobre la base de un sindicato minúsculo y una red de medios deficitarios sin que en 20 años nadie o casi nadie advirtiera que podía haber alguna ilegalidad empañando tanto éxito.

Historias de superación, de gente humilde haciendo grandes progresos, ¿serán la versión actualizada del inmigrante que forjó un país de progreso y de amplias capas medias? No, son otra cosa muy distinta. Son la expresión de un sistema que liquidó ese país y nos dejó uno mucho más desigual y atrasado.

Para entender cómo funcionan la corrupción y sus justificaciones hay que tomar entonces el problema en su conjunto y por lo que es, parte esencial del sistema hoy dominante para reproducir el poder y el liderazgo, no simplemente una desviación respecto a la forma normal de hacer las cosas. Porque la corrupción envía ante todo un mensaje moral: le dice a la sociedad “este es el modo en que todavía se puede prosperar”, ofreciendo una vía sustituta al esfuerzo, el sistema de movilidad social y también al distribucionismo, que hace décadas dejaron de funcionar para la mayoría.

A la vez sirve como mecanismo compensatorio de la irritación y la conflictividad que genera la creciente desigualdad material en un universo social aún dominado por un fuerte ethos igualitarista: si todo rico es un ladrón, al menos los pobres no tienen por qué sentirse profesional, moral ni humanamente inferiores a sus jefes y líderes, “somos todos iguales todavía, aunque solo sea en el hecho para nada virtuoso de que vivimos en la misma selva”. El mecanismo, se entiende, funciona tanto para líderes políticos como, especialmente, para los sindicales, y más que compensa la muy relativa mácula de ser señalado como corrupto. De allí que en el “roban pero hacen”, lo que “hace” el corrupto no esté necesariamente relacionado a algún beneficio material para los excluidos de la fiesta: lo esencial que “hace” es dar ejemplo, mostrar un camino aún abierto y probar que “todavía se puede”. Ofrece, en suma, una igualación no material sino simbólica hacia abajo pero igualación al fin.

No alcanza, entonces, con detener y castigar a los corruptos y en particular a los corruptores, hay que interrumpir su discurso, someterlo a crítica. Si es cierto que no todos los sindicalistas son iguales, también lo es que no todos los ricos han llegado a donde están de la misma manera. Existe algo que se llama mérito y que no puede seguir siendo mala palabra, por más que les moleste a los fanáticos de San Agustín. Es tiempo de revisar nuestro igualitarismo y anticapitalismo si queremos dejar de tener un capitalismo prebendario tan poco inclusivo y competitivo. Como se ha visto con la violencia, la corrupción plantea una “grieta” que no hay que saltar ni desactivar, sino profundizar y resolver de una buena vez.

Sociólogo, historiador y doctor en Filosofía

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El intelectual que pone en jaque a Bergoglio-Jorge Fernández Díaz

2018-01 Cat:Otros autores

Por Jorge Fernández Díaz

Domingo 07 de enero de 2018

Para Borges las religiones eran apasionantes antologías del género fantástico; para Sebreli en cambio son laberintos ideológicos. Su último trabajo es un libro monumental y erudito que excede en mucho a Bergoglio y a sus huestes, pero que no deja de diseccionarlos con fría precisión, ni de mostrarlos bajo una luz distinta, intensamente polémica. Luego de analizar la genealogía de las grandes creencias místicas, se detiene en la “teología de la pobreza”, que el papa Francisco ha convertido en su celebrada política oficial. Recuerda Sebreli la declaración de un pastor (tal vez pentecostal) a The New York Times: “La ironía es que los católicos optaron por los pobres cuando los pobres estaban optando por los evangelistas”.

El gran ensayista también se permite criticar a la Madre Teresa de Calcuta, que acogía a enfermos de sida pero permanecía contraria al uso del preservativo. Los dos señalamientos, tan distantes, apuntan a describir la verdadera naturaleza de este giro estratégico de la Iglesia y también a desmontar su falso sesgo progresista.

Sugiere el autor de Dios en su laberinto que Bergoglio es un conservador popular y que sus apóstoles no encuentran en la pobreza una carencia sino una virtud. Para ilustrar esto recurre a declaraciones públicas de su heroico equipo de trinchera, que muestra sin embargo desconfianza frente a la urbanización de las villas, puesto que esa mejora conllevaría un carácter “civilizatorio” y porque en esos asentamientos persistirían “valores evangélicos muy olvidados por la sociedad liberal de la ciudad”.

Flota entonces el concepto tácito de que la clase media ha sido corrompida por el dinero, y que ha virado hacia un cierto agnosticismo o tal vez a un catolicismo de bajas calorías, como viene ocurriendo en todas las capitales laicas de Occidente. En contraposición, hay zonas marginadas en todas las latitudes donde Dios brilla sin dudas ni sombras. Sebreli refuta la concepción pobrista de Bergoglio y trae un ejemplo cercano: “El ideal de los villeros no es el de cultivar el comunitarismo ni formar una microsociedad, ni preservar su ‘identidad cultural’, sino salir de allí lo más pronto posible; incluso las familias de villeros más organizados y con mejor situación envían a sus hijos a escuelas lejos de las villas y los que tienen un trabajo dan un domicilio falso.

No son los ‘porteños’ despectivamente tratados por los curas, sino los propios villeros quienes detestan la villa, y querrían integrarse a la ciudad. La ayuda a los pobres no consiste en exaltar la pobreza como un mérito sino en combatirla, y eso solo se consigue con posibilidades de trabajo, educación, vivienda, salud, control de la natalidad, e integración plena a la sociedad”.

La prédica del Papa no reconoce el Estado de bienestar de las democracias republicanas; en consecuencia, sus relaciones no se arman en torno a partidos políticos, sino a organizaciones sociales, cuya consigna es “imitar al pobre” y cuya especialidad consiste en gerenciar la dádiva. Ni los diversos marxismos, ni cualquiera de los liberalismos posibles son afines a esa ocurrencia de fondo: ambos pretenden razonablemente resolver un problema económico con la economía.

A esta nueva concepción eclesiástica, Sebreli la califica de “utopía reaccionaria”, negadora de la modernidad y prejuiciosa con el capitalismo de cualquier orden, dado que confunde las partes con el todo, es decir, los múltiples defectos y desigualdades del sistema, con sus cualidades, y con la innegable prosperidad social que produjo en muchas naciones. La alternativa parece ser un populismo religioso que sospecha del progreso; con liderazgos carismáticos y con un rasgo curiosamente antiintelectual: Sebreli anota que durante el Tedeum del 25 de mayo de 1999 el entonces cardenal instaba a beber de “las reservas culturales de la sabiduría de la gente corriente” y a no hacer caso de “aquella que pretende destilar la realidad en ideas”.

Otro capítulo lo dedica a la formación del célebre vecino del barrio de Flores; como todo argentino, Bergoglio goza con ser inclasificable. Sebreli abunda en su paso por Guardia de Hierro, indaga en su lectura jesuítica y luego lo retrata: “El Papa humilde como cura de aldea esconde un político habilísimo y astuto… Es el maquiavélico Ignacio de Loyola travestido en el dulce Francisco de Asís”. Según el autor, esta dualidad ya estaba en el primer Francisco, a quien Chesterton llamaba “el divino demagogo”. El aspecto dual de su gestión parece plagado de picardías (hagan lío, pero no usen profiláctico; sean revolucionarios pero que sea “la revolución de la gracia”), y también de perogrulladas, como cuando exhorta a los narcos a dejar de serlo a riesgo de ir al infierno.

Donde Sebreli resulta más duro es en el terreno de los usos y costumbres de la vida moderna, la moral sexual y familiar, y la libertad artística; allí, asegura, el padre Jorge “fue un reaccionario sin matices”. Trae a nuestra memoria el hostigamiento que lanzó contra León Ferarri, por su obra Cristo crucificado, que Bergoglio calificaba de blasfema. Y la carta que envió a las carmelitas para frenar el matrimonio igualitario; en esa misiva se advertía que la campaña contra aquella ley era directamente “una guerra de Dios”.
Más tarde, Bergoglio pareció abandonar sus actitudes homofóbicas al decir: “¿Quién soy yo para juzgar a un gay?” Pero no hubo pedido de perdón por haber perseguido a homosexuales, ni se abordó el tema en el primer sínodo de su pontificado. El autor de El malestar de la política asegura que desde su papado y a través de notorios dirigentes peronistas frenó reformas al Código Civil, aunque acaso para inclinar la balanza insinuó ambiguamente una cierta apertura hacia los divorciados.

“Francisco habla de ‘misericordia’ y de ‘curar heridas’, cuando lo que buscan los homosexuales o las parejas divorciadas o las mujeres que abortan no es la piedad ni el perdón sino el reconocimiento del esencial derecho humano a usar el propio cuerpo, a ser reconocidos en plano de igualdad con los heterosexuales -escribe el sociólogo-.
La misericordia, la piedad, convierten a la víctima en un objeto de lástima”. Sebreli sostiene que el “relato papal” ha sido tan eficaz que provoca el temor del ala conservadora y la esperanza del ala progresista. “Unos y otros se equivocan -concluye-. Bajo el mandato del papa Francisco habrá algunos cambios porque el mundo cambia, pero decepcionará a los católicos liberales; los conservadores pueden tranquilizarse”.

Sólo el tiempo dirá si el escritor tuvo razón en todas estas observaciones. Lo innegable es que así como Ratzinger debe ser tratado como un pensador, Bergoglio debe ser juzgado como un político: capaz, a la manera de Perón, de mutar y de decirle a cada uno lo que quiere oír, y de utilizar para sus fines incluso a sus antiguos adversarios (los neopopulistas) siempre y cuando estos se encuentren en la lona y él pueda hacerse cargo prácticamente sin costos de ese liderazgo en liquidación.

Así se entiende que, al decir de Sebreli, “con el pretexto de acoger pecadores arrepentidos, reciba a corruptos no recuperables”. La idea de que “ocuparse de los pobres” equivale automáticamente a estar trabajando por su evolución, o pensar que quien lanza frases sinuosas sobre la libertad individual es un sacerdote abierto o un líder progre, comprobar cada día que lo siguen izquierdistas combativos y “almas bellas”, parecen prodigios surgidos del género fantástico. Borges se divertiría mucho con ellos.

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Problemas de fondo de una crisis política-Jorge Fernández Díaz

2017-12 Cat:Otros autores

Por Jorge Fernández Díaz
Domingo 17 de diciembre de 2017

María Matilde Ollier nos recuerda que quienes quisieron respetar las normas nunca consiguieron la gobernabilidad y quienes lograron la gobernabilidad nunca respetaron las normas. Lúcidos historiadores nos refrescan, a su vez, que sólo dos shocks económicos consiguieron ordenar todas las variables: la hiperinflación de 1989 y el crac de 2001; de esos incendios voraces y de sus dolorosas cenizas nacieron dos regímenes peronistas antagónicos pero igualmente permisivos con el saqueo, las violaciones institucionales y el irresponsable crecimiento del gasto público. Agrego solamente, y a modo de prefacio, dos datos fríos: hipoteca cristinista de por medio, el Estado necesita hoy cerca de 30.000 millones de dólares por año para seguir financiando esta peligrosa ficción llamada Argentina, y los “abanderados de los humildes” nos han traído hasta este país profundamente fracasado, donde según el último estudio de la UCA hay casi 14 millones de pobres estructurales. Dentro de este escenario de penas y de negaciones malsanas, donde ninguna administración fuera del “partido único y patriótico” logró terminar su mandato, los grandes actores de la comedieta nacional intercambian inepcias, soberbias, insultos, mentiras, piedras, molotov y balas de goma, y desarrollan un fabuloso torneo de demagogia para básicos.

No se puede analizar en serio la crisis desatada por el bochorno del jueves sin describir una vez más estas condiciones objetivas de la historia contemporánea. Es que ciertos miembros del oficialismo, del círculo rojo e incluso amplios segmentos de la comunidad suelen comprar la quimera de que el 42% de los votos y la derrota de los kirchneristas han sepultado por fin al populismo y han asfaltado la pista de despegue. Partiendo de ese diagnóstico equivocado, el ritmo de la gestión les parece incluso cansino y las reformas, poco audaces. Módicas y todo, hubo que defenderlas con Gendarmería Nacional, y la sesión en el Congreso no sólo naufragó por los desmanes de la patota, sino por su propia inviabilidad política.

El Gobierno eligió erróneamente diciembre para amargar el turrón y dio por perdida de antemano a la opinión pública; resolvió entonces desertar de la pedagogía, abandonó el campo y facilitó así que vivillos y calculadores a ojo llenaran el vacío e impusieran su criterio. Este error primordial obró el milagro: los chavistas argentinos que vaciaron la Anses, vetaron el 82% móvil, crearon una cámara para obstruir los juicios y permitieron que trescientos mil jubilados murieran sin su reparación aparecían de pronto en las pantallas como afligidos defensores de los “abuelos”. El jueves se vio cómo estos salvajes descuartizadores, que ahora venden curitas, han constituido una alianza con el trotskismo, que se presenta a elecciones sin creer en la “democracia burguesa”, consigue bancas en legislaturas que desprecia y luego actúa como si estuviéramos en una situación prerrevolucionaria. A esa nueva alianza destituyente y cada vez más violenta se acaban de sumar algunos desahuciados del Frente Renovador, que sin votos ni destino han decidido regresar a su cálida matriz y amancebarse con sus antiguos socios y verdugos.

La foto de todos estos parientes cercanos, abrazándose unos a otros en festiva reconciliación, es una obra mayor del testimonio y de la plástica: debería colgarse en un muro de Bellas Artes, junto a las pinturas de Cándido López. Cambiemos, que se mandó múltiples macanas estos días, no se merece tanta suerte, pero la tuvo: impresentables de la angosta avenida del medio cruzándose de vereda, psicópatas que arrojaban adoquines, energúmenos que asaltaban el recinto con improperios y apretadas, y herederos multimillonarios de Lorenzo Miguel que disparaban amenazas desestabilizadoras. Porque ese es otro emergente del fenómeno: el viejo y rancio régimen asomó de nuevo con sus peores rostros para recordarnos que nunca se fue, que no se modernizará y que jamás admitirá su venalidad y su decadencia reaccionaria.
Algunos de esos dirigentes gremiales, dueños de empresas y de fortunas turbias, se han transformado en los máximos extorsionadores del poder democrático. Ese régimen incluye también a empresarios de la prebenda y a variopintos jugadores del peronismo acomodado. Al mismo tiempo que la sociedad hace un balance catastrófico sobre estas últimas cinco décadas de atraso, ellos se empeñan en defender valientemente el statu quo. Que tantas desgracias nos trajo y tanta bonanza personal les prodigó.

El mecanismo recuerda los años ochenta, cuando el gobierno democrático debía hacer frente a un astronómico déficit heredado de los militares y estos mismos operadores de la izquierda y del peronismo, estos adalides de “los derechos adquiridos”, bloqueaban cualquier intento de ahorro y saneamiento, y trabajaban la moral de los gobernantes con la ayuda inestimable de la prensa “sensible”. La respuesta, llena de lógicos complejos progresistas, consistió en huir hacia adelante y en fabricar billetes hasta la explosión incontrolada. Llegó entonces un mesías para ordenar el caos y para causar nuevos estropicios, pero nadie hizo mea culpa de la tenaza que ahorcó a Alfonsín, de las secuelas que aquella debacle provocó entre los más humildes ni de la larga década menemista que abrieron con sus intransigencias. Con variantes, algo similar dio a luz la megadevaluación abismal de 2001, de la que por supuesto el peronismo y la izquierda nunca se hicieron cargo. El populismo sólo está para las buenas noticias y cualquier sacrificio le es inadmisible, puesto que vulnera la “felicidad del pueblo”. Esta hipocresía cobarde y mediocre, y este círculo maldito, son las grandes razones de nuestra recurrente calamidad.

El macrismo, después de ganar varias batallas a contracorriente, empezó a creérsela, y a tomar puertas adentro cualquier reparo como síntoma de vejez política. Por ese camino, desatendió la construcción de una nueva mayoría parlamentaria sólida y perdurable, y también una comunicación interna efectiva entre los socios de la coalición. El resultado fue un Waterloo delarruista con mal sabor, donde los gendarmes se excedían con el gatillo, el quorum flaqueaba, la sesión se interrumpía, Carrió improvisaba en el recinto un bono para jubilados, el gabinete redactaba un DNU, Lilita lo amenazaba por Twitter, el decreto se retiraba y al final se concedía una compensación que durante dos meses se había negado. La combinación de todas estas torpezas con aquellos desmanes golpistas causaron un largo escalofrío en la columna vertebral de la República.

Es verdad que, como aprendices de brujo y gatafloras de salón, les exigimos a quienes gobiernan que naden en el océano populista pero sin mojarse, lo que a veces equivale a atarse una mano para fajarse con un cíclope. Y también que bajen el costo laboral sin resentir el poder de compra de los salarios y sin espantar a los empleadores, que sostengan el gradualismo sin endeudarse, que reduzcan el déficit sin afectar a nadie, que mantengan la tasa alta pero que no aborten la productividad, que suban la actividad pero que no aumenten la inflación, que cancelen subsidios a las tarifas pero que los precios no se muevan. Y que solucionen rápido y de manera indolora esta enfermedad crónica que nadie nunca hasta ahora pudo sanar: gastar sin producir y vivir de prestado en una confortable nube de gases. Aquí todos queremos curarnos, pero todos andamos escapándole a la jeringa. Somos geniales, tal vez incorregibles.

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